¿El último suicidio de Dios?

Este sábado, mientras la blitzkrieg alemana despedazaba a la defensa Argentina y “el Diego” se iba hundiendo más y más adentro en su brilloso trajecito Etiqueta Negra (para el infinito gozo de mis amigos mexicanos, españoles, brasileros, venezolanos, chilenos, colombianos, ingleses, hindús, alemanes, muchos uruguayos y hasta algún que otro argentino), no podía dejar de pensar que el fútbol, una vez más, perdía a su gran protagonista.

El cuarto mundial que abandona llorando: 1982-1990-1994-2010

No, no estoy hablando de la Selección Argentina. Hablo de Diego Armando Maradona.

Puedo equivocarme, pero me atrevería a asegurar que después del Mundial de 1986 el fútbol no volvió a ser el mismo y que no vuelto a aparecer una figura que remotamente se le asemeje. En nada. Ni con la pelota y muchísimo menos con su carisma mesiánico y ese espíritu de amianto que le permitió echarse un equipo al hombro y jugar los 90 minutos de la Final de 1990 con un esguince gigante en el tobillo. Eso que a los latinos nos gusta llamar “huevos”.

Desde que dejó a todo el mundo boquiabierto con sus gambetas y sus goles en el Mundial Juvenil de Tokio en 1979, no existe (y es posible que jamás vuelva a existir) otro futbolista que aliemente tal fanatismo o sea capaz de generar un fenómeno de masas similar, ni sobre el que se hable, se escriba y se discuta tanto en tantos idiomas. Ni siquiera Messi.

También es cierto que no hay rincón de la Tierra donde no haya cosechado odios con su estilo pendenciero y arrogante, esa manía de convertir las conferencias de prensa en un circo y opinar de todo y de todos, con el tacto de un rinoceronte y el lenguaje de un camionero. Tan es así que es muy probable que, gracias a sus frases desubicadas y a sus gestos de mal gusto, haya terminado por convertirse en el personaje global más detestado después de Osama Bin Laden (además de su inestimable aporte al odio universal de la argentinidad, tendencia que por lo general no necesita demasiada ayuda).

En los foros de internet de todo el mundo se le acusa de drogadicto, tramposo, desleal, antideportivo, pedante, improvisado, vago,  poco profesional y hasta descerebrado. A pesar de todo eso somos incapaces de perdemos un sólo episodio de su eterna tragedia griega, ese interminable vaivén entre la gloria y la catástrofe, que se repite una y otra vez en capítulos de longitud variable, mientras aguardamos que -en esta ocasión, sí, sea su caída definitiva…

Maradona en un comercial de Coca Cola para el Mundial de 1982

Digamos la verdad: todos apostábamos a que Argentina iba a ser un desastre absoluto en sus manos. Total: ¿qué puede saber este incapaz de dirección técnica? Este lo único que sabe es pegarle a la pelotita… Pero en la primera ronda de Sudáfrica, el equipo argentino brilló, ganó todo y terminó clasificando en primer lugar. Entonces, el descerebrado, el drogadicto, empezó a adquirir nuevamente matices celestiales.

En octavos Argentina le ganó a México en un partido raro, con errores del árbitro y jugando mal. Pero incluso así, el equipo ganó y metió 3 goles. El vago, el improvisado, también obraba milagros. ¿Realmente sería Dios?

Después de alcanzar cuatro victorias claras (algunas con más méritos que otras) en las que ví lo mejorcito de un Mundial demasiado mediocre, la Argentina de Maradona finalmente perdió. Y perdió de la única forma que puede perder Maradona: hasta la médula, sin excusas ni atenuantes.

Descartando toda lógica y desoyendo las innumerables advertencias que le aconsejaban modificar la formación del equipo antes de enfrentar a Alemania, él optó por la intuición, por el peso de la fibra, por la historia, por su fe en las individualidades, por las cábalas y vaya a saber que otras cosas. Decidió no tocar nada. Ni un jugador. Entonces, como un kamikaze, a pecho descubierto, se lanzó contra los panzers Alemanes.

Se inmoló e inmoló a un equipazo con él. Increíble.

Ahora sí, llegó el momento de defenestrarlo. Propios y extraños son bienvenidos al gran festín de su derrota, esa que imaginamos y esperamos ansiosamente durante tantos meses.

Alimentémonos de sus vísceras hasta los huesos. Luego encendamos una gran fogata y quememos lo poco que quede. Hasta que vuelva a renacer de sus cenizas…

Mientras tanto, lo voy a extrañar. Gracias Diego.

Lo más positivo:  Nunca lo veremos en bolas en el Obelisco.

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3 comentarios sobre “¿El último suicidio de Dios?

  1. La adicción de Maradona a lo que sea siempre ha sido superada por la adicción que el futbol mundial tiene hacia él. Todos, de cierta forma, somos adictos a Maradona, por lo cual no será raro que desde ya comencemos a extrañarlo a mares.

  2. Carlitos, …. genial,… comparto cada una de las letras, cada una de las palabras, cada línea de tu excelente reflexión, y creo que sí , que como muchos aunque sea en silencio, lo vamos a extrañar. Ahora sí… esto sólo te lo puede entender otro sureño….somos así .
    Un abrazo amigo Sarti. éxitos y muy bueno este blog.

Gracias por tu comentario! Te invito a seguirme en twitter: @CharlySarti

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