El fantasma del chándal

iglesias-preocupado

El candidato se desanuda la corbata (un añadido reciente al uniforme de campaña por consejo de sus asesores) y se recuesta en la cama del hotel tres estrellas completamente exhausto. El candidato acaba de participar en un intensísimo mitin cargado de arengas emocionales dirigidas a los socialistas de buena voluntad. El candidato (también por recomendación de sus asesores) ha abandonado el tono bronco y la gestualidad agresiva estilo Fidel o Trotski, para convertirse en una suerte de Jesucristo Superestar mutante: un ser lleno de luz, paz y amor.

A lo largo de tres horas el candidato ha sido una cascada ininterrumpida de abrazos, manos tendidas, gestos de amor y sonrisas cálidas para los queridos hermanos y prójimos de todas las izquierdas. El candidato ha citado a Neruda, a Omar Kayam, a Paulo Coelho, a Silvio Rodríguez y a Buda. También ha derramado alguna lágrima. Pero ahora está hecho trizas. Esto de ser buen tío es agotador.

Apenas le sobran unos minutos para entrecerrar los ojos antes de volver al portátil para revisar el resumen diario de redes sociales y programas de TV que le ha preparado una becaria con gafitas de la Complutense. Mientras dormita con sueño ligero, el candidato piensa que la joven becaria está realmente bien. Vamos, que está buenísima.

El candidato siente nostalgia. En otros tiempos más normales habría ordenado comida china y estaría explayándose con un DVD de Juego de Tronos o alguna reposición de la primera temporada de House of Cards mientras saborea alegremente un arroz con gambas y chow mein, en lugar del tristísimo pincho de tortilla con calamares fríos y la coca cola light tibia que le alcanzó el chaval del room service. Incluso se habría atrevido a quedar con la becaria para tomarse unas cañitas y debatir el rumbo de la sociedad. Probablemente en este momento estaría ablandándola con dosis nutridas de Kierkegaard o aquel fragmento del diario del Che que se aprendió durante un viaje a Bolivia o quizá algún que otro verso de Benedetti, que siempre son tan útiles mezclados con algo de alcohol.

Pero no. Ahora el candidato se debe por entero a la campaña. Se debe a las masas que acudirán a votarlo armadas con una sonrisa. El candidato sabe perfectamente que su vida ya no le pertenece, que su cuerpo y su mente ( el alma no, el alma es un asunto exclusivo de los creyentes en deidades inmateriales y él no es uno de ellos), decía, que su cuerpo y su mente ahora son un bien del pueblo. Y como bienes populares, él ya no puede disponer de ellos a su libre albedrío. En esas cosas profundas andaba reflexionando el candidato cuando el botellín a medio beber de coca cola se estrelló contra la alfombra de la habitación provocando un espantoso estruendo y un charco de ácido carbónico edulcorado.

Entonces el candidato abrió los ojos y lo vio, plácidamente sentado en el sillón de Ikea, envuelto en su clásico chándal con la bandera tricolor de ocho estrellitas blancas y boina roja, igual de inflamado que la última vez que dio un discurso en la tele.

-¿Que vaina es esta, Pablito? ¿Tú consumiendo productos del Imperio?

El candidato que, como ya observamos antes, no cree en deidades ni en la vida después de la muerte, ni en la transmigración de las almas, tiene serios problemas para explicar, con la lógica del materialismo dialéctico, la aparición de aquel caballero moreno, obeso y lampiño en la habitación 115

-Comandante…

-Te me estás volteando a la derecha pajarito…te me estás volteando…

El candidato está confundido. Especialmente por lo de “pajarito”. No sabe si se trata de una metáfora, de un eufemismo o de alguna extraña referencia críptica al ave doméstica que se le apareció al Presidente Maduro en el Palacio de Miraflores de Caracas. En todo caso, el hombre del chándal, ajeno a las reflexiones del candidato, continúa inquiriéndolo mientras le blande un ejemplar de El País en su cara.

-¿Que pendejada es esto de la socialdemocracia? Cómo es que ahora eres Social-Demócrata? ¿Desde cuando los revolucionarios le piden prestadas las alpargatas a Felipe González?

-Mi Comandante, permítame explicarle…

-Aquí lo que hace falta no son revolucionarios impotentes con corbata y palabras bonitas, aquí lo que hace falta es un revolucionario arrecho, un revolucionario que las tenga bien puestas, un revolucionario que sea puro Viagra, que inflame al pueblo, que lo intoxique de bravura, que ponga temblar a los ricos…

-Pero Comandante…

-Qué peros ni que peros, chico…Si hasta antier eras mi caballo. ¡Si eras la esperanza blanca de la revolución! Con todo lo que invertimos en ti…y ahora… mira en lo que te has convertido: un telepredicador con coleta para viejitas del Partido Demócrata gringo…

El candidato acusa recibo. Como un boxeador sometido a una  andanada de ganchos rápidos en la mandíbula, comienza a trastabillar mientras balbucea completamente groggy.

-Mi Comandante, le juro que…

– ¿No te da pena, chico? Me pierdo un par de añitos y tú te vas pa’l carajo!!!

Como dos horas mas tarde, un teléfono desesperado interrumpe al huésped de la habitación 118 en medio de un sueño, justo cuando estaba a punto de anotar para España tras regatear a toda la defensa alemana.

-Iñigo, reúne ya a toda la gente.

-Pero Pablo….son las tres de la mañana

-Iñigo, vamos a hacer la revolución. Y la revolución no puede esperar.

-Vale Pablo…

-No nos olvidemos Iñigo: ¡Patria, Socialismo o Muerte!

-Vale vale.

El huésped de la 118 cuelga el teléfono y vuelve a hundir la cabeza en la almohada.

Su novia, que también ha despertado con la llamada a destiempo, le pregunta algo preocupada:

-¿Otro brote de chavismo?

-Sí, otra vez… Ya se le pasará